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3. Caracterización

A partir de nuestros principios y derroteros militantes, se puede desprender la relación entre estas prácticas políticas que se pretenden anticapitalistas y el Estado.

Situación latinoamericana y nacional

Si postulamos la autonomía de clase frente a la imposición de normas con las que la burguesía dirige a la totalidad de lxs productorxs, puede entenderse que concibamos una única relación posible entre los movimientos que se pretenden emancipatorios y el aparato estatal, a saber: un antagonismo irreductible, arraigado en la oposición entre capital y trabajo.

La crisis del «modelo» de la década de los ’90 estuvo vinculada, no sólo a la propia dinámica de la acumulación capitalista, sino también a una serie de «movimientos sociales» más o menos novedosos. Apareció entonces un paisaje homogéneo (esto es, con más semejanzas que diferencias) compuesto por varios gobiernos latinoamericanos.

Hay quienes consideran que estos gobiernos son la expresión progresiva del movimiento obrero y de los movimientos sociales en su lucha contra el sistema capitalista. Para nosotrxs—aun sosteniendo la distinción entre Estado, en tanto que forma de relación social que trasciende a los gobiernos de turno, y aparato de estado, en tanto que conjunto de dispositivos gubernamentales—se impone, desde una perspectiva de clase, la necesaria identificación entre Estado y gobierno, es decir, no consideramos políticamente fértil escindir el Estado de los diferentes gobiernos del Estado. Esto no quiere decir que no veamos, para la militancia de coyuntura, matices entre unos gobiernos y otros, pero en última instancia no fundamentamos nuestra militancia anticapitalista en diferenciar la junta que administra los intereses de la burguesía de lxs administradorxs de turno que ocupan esa junta.  Por tanto,  aun siendo en alguna medida expresión de la resistencia de lxs trabajadorxs y dada la existencia de procesos de disputa no clausurados, estos gobiernos no son potencialmente progresivos sino invariablemente conservadores. El tinte progresista que encarnan constituye tan sólo un aparente cambio de contenido que permite a la acumulación capitalista continuar su camino: la forma sigue cristalizada.

Sostenemos, así, la lucha anticapitalista frente a la continuidad de las condiciones de dominación: específicamente en nuestro país, el aparato de Estado y los gobiernos acaecidos desde 2002 hasta la fecha no han hecho otra cosa más que incorporar en un sentido armonioso con los intereses del capitalismo tanto a la mayoría de los movimientos sociales, como a amplios sectores del movimiento obrero organizado e intelectuales de todo tipo, acentuando el reflujo, el debilitamiento, la fragmentación y el repliegue de esos movimientos, al tiempo que, valiéndose de su puño de acero, continúa arremetiendo contra aquellas expresiones que se atreven a cuestionar el orden de las cosas.

Situación universitaria

Aunque todxs somos productorxs y creadorxs de conocimiento y de las condiciones materiales que lo hacen posible, en el seno de relaciones sociales capitalistas el saber es colocado en un lugar que se presenta como separado de la sociedad que lo produce. Esta separación se cristaliza en instituciones que son presentadas como reservorios y las portadoras exclusivas de un tesoro que es, in natura de producción y uso común a todxs, ocultando al mismo tiempo que es el resultado de un complejo proceso histórico de separación, concentración, apropiación y legitimación de ciertos saberes. Estas instituciones se presentan como los únicos lugares en los que se produce el saber legítimo.

La institución universitaria es, por tanto, una institución que forma parte de los mecanismos reproductores de la escisión entre, por un lado, quienes producen y poseen «el saber» de la sociedad (que si no es el único saber social es al menos el único que vale la pena legitimar) y, por otro, quienes aparecen como meros consumidores o, incluso, como espectadores ajenos y desposeídos hasta de la capacidad en potencia de consumirlo. Esta escisión es reproducida al interior de la institución en la medida en que la propia formación de lxs universitarixs se fundamenta en la imposición de estructuras jerárquicas y meritocráticas: división en claustros, forma cátedra, carrera académica, institutos de investigación, entre otros. Esta concepción del conocimiento produce un poder/saber concentrado en una cúspide (de autoridad política, de remuneración salarial, de prestigio académico) y ejercido hacia «abajo», hasta llegar a lxs estudiantes, quienes somos concebidxs como sujetos carentes de ese poder/saber académico. Asimismo, tanto por sus investigaciones directamente orientadas a favorecer la acumulación de capital como por la formación de ideólogxs y discursos que legitiman el orden establecido, la universidad en general reproduce la lógica mercantil en sus relaciones cotidianas y reproduce, también, condiciones ideológicas de posibilidad del capitalismo[3].

La división entre «lxs pocxs» propietarixs del poder/saber y «lxs muchxs» carentes de él es una de las formas en las que se manifiesta la división sobre la que se sostiene todo el sistema capitalista: división de la totalidad del trabajo en trabajo intelectual y trabajo manual, o división entre quienes saben y quienes producen, o división entre quienes deciden y quienes ejecutan.

En la institución universitaria se registran disputas entre los procesos que reproducen y perpetúan su funcionamiento normal y aquellos que bregan por abolirlo. Al interior del mapa político universitario encontramos sujetos políticos que, si bien se autoproclaman como «emancipatorios», actualizan las mencionadas divisiones. En este espectro se encuentran:

  • agrupaciones adeptas al populismo kirchnerista (en todas sus variantes), que en tanto apoyan la gestión actual del aparato estatal, no ponen en cuestión la reproducción del capitalismo;
  • la izquierda ortodoxa, que en tanto se organiza bajo la forma partido y de exterioridad a la clase trabajadora, con programas meramente consignistas y direcciones verticales, replica hacia el interior de sus organizaciones las mismas lógicas que pretenden combatir;
  • la «izquierda independiente», que en tanto no se muestra adicta al gobierno de turno y proclama la horizontalidad en su propio discurso, se presenta a sí misma como la alternativa válida frente a las dos anteriores. No obstante, en función de su expectativa respecto de gobiernos latinoamericanos en sus versiones populistas, no puede advertir el límite a la autoorganización de lxs trabajadorxs que éstos encarnan, a la vez que su participación política se amolda a los espacios de poder existentes sin practicar formas alternativas más allá de un maquillaje retórico. En consecuencia, representa sólo un cambio de «contenido», sin alterar en su sustancia ni las formas de gobierno ni las relaciones de producción de la vida social.

En todos los casos, estas contradicciones en su modo de concebir la totalidad social se manifiestan asimismo en su manera de abordar las problemáticas universitarias, al no cuestionar, en ninguno de los casos, ni la forma-cátedra (ni la división en claustros que implica), ni la representación en los órganos de gobierno universitarios, no yendo más allá de las luchas por el aumento de las sillas estudiantiles en los mismos.

Por otro lado, existe otro espectro de experiencias y actividades que cuestionan la misma existencia de la división en claustros y de la representación delegativa. Las materias, publicaciones y grupos de estudio autogestionados, y las experiencias gremiales que tienden a la democracia directa al sostener instancias de representación revocable y con mandato de base, buscan abolir en acto el funcionamiento normal de la institución universitaria, con el objeto de practicar formas de control de la producción de conocimiento, de reapropiación de los productos del trabajo intelectual, de autovaloración de la clase trabajadora y de puesta en práctica de la presentación en detrimento de la representación. Es decir, modos de organización autónomos que permiten tensionar no sólo desde el contenido sino, sobre todo, desde las formas, las relaciones sociales heterónomas.

Notas

[1] Todos los cuadernillos de intervención militante mencionados pueden conseguirse en las cajas «Filosofía debate» que se encuentran en Publicaciones del CEFyL y en la fotocopiadora El Arca (Puán 477). O bien pedirlos a revistaamartillazos@gmail.com

[2] Para profundizar en el análisis de estas experiencias curriculares alternativas: Colectivo de estudiantes de filosofía, «Proyecto de materia curricular para la carrera de Filosofía: “Un largo siglo XIX”», Dialéktica, año xv, núm. 18, Bs. As., 2006, pp. 143-8. Padín, H., «Sobre la institucionalización de los saberes filosóficos (Notas en relación a una experiencia no-academicista en el interior de la academia)», Amartillazos, año ii, núm. 2, Bs. As., 2008, pp. 91-103. Cantarelli, N. y Vaianella, B., «Un seminario para Troya (Análisis de una experiencia compartida)», Dialéktica año xvii, núm. 20, Bs. As., 2008, pp. 100-10. Castellazo, K., Morgenfeld, L., Ortiz, S., «De cómo en la universidad se organiza el poder del conocimiento», Dialéktica, año xii, núm. 16, Bs. As., 2004, pp. 42-52. Republicado en UBA Factory, ed. cit., pp. 207-17.

[3] Ver el libro UBA Factory. Reestructuración capitalista y lucha de clases en la Universidad de Buenos Aires (1992-2006), Buenos Aires, edición autogestionada por Más Qué un Nombre-Dialéktica-Colectivo de estudiantes de filosofía, 2007.

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