Hemos Hecho Historia (balance del movimiento en su propio despliegue) MQN, en Dialéktica n° 17, pp. 112-122

7 /08/2005

No es fácil hacer un balance de un proceso cuando este está en pleno despliegue ­al menos al momento de escribir estas líneas, en el receso invernal­ y cuando se es parte activa en dicho movimiento. Este texto pretende recorrer, desde el punto de vista no neutral de quienes se involucraron y participaron, el proceso de movilización y debate que desde hace varios meses conmueve ala Carrerade Historia dela Facultadde Filosofía y Letras dela Universidadde Buenos Aires.

Lo interesante del  conflicto abierto en Historia  radica en que es el  primer gran  proceso  de  movilización  en la facultad luego del estallido de diciembre de 2001, momento en el que aparecieron múltiples nuevas formas de expresión de la movilización,   descontento   y   organización   popular,   pero   que   paradójicamente   no   tuvieron   su   correlato   al   interior   del movimiento estudiantil. Además, por las características del mismo, por la cantidad de estudiantes, graduados y docentes involucrados, por el avance en los debates y por la duración, es sin dudas el proceso más importante abierto en al carrera al menos en los últimos diez años.

Historia en su hora (o de cómo empezó el proceso de movilización enla Carrera)

Todo empezó a principios de 2005. La carrera se encontraba “acéfala” luego de las elecciones del año pasado y la imposibilidad de la actual Junta Departamental de elegir un Director y un Secretario Académico. La mayoría de Profesores y la mayoría de Graduados, con cinco votos, impulsaban la candidatura de Cattaruzza, del sector que gobernó la carrera hasta 2002, y presionaban ala Junta para que se reuniera y diera quorum. Por otra parte, estaban los cinco votos de la oposición al llamado “romerismo”, constituidos por la minoría de profesores, la minoría de graduados y la mayoría y minoría estudiantil, que, de distinta manera, estaban de acuerdo en impedir que el sector romerista retomara el control de la carrera. En este marco de “empate hegemónico” y de no acuerdo entre los cinco miembros de la Junta“opositores”, se abrió un conflicto, en principio   institucional.   Para   marzo,   todas   las   otras   carreras   de   Filosofía   y   Letras   ya   tenían   a   sus   nuevas   Juntas Departamentales en funciones. En ese momento hubo una primera reunión entre las distintas agrupaciones estudiantiles de la carrera para plantear que se abriera el debate al resto de las/los compañeras/os docentes, estudiantes y graduados. Ya en esta primera reunión aparecieron algunos matices en cuanto a cómo debía resolverse la situación. Para algunos, había que acordar solamente la fecha para una asamblea interclaustros y que allí se votara un programa y un director y luego se exigiría ala Junta que respetara lo decidido en la asamblea. Otros, en cambio, señalábamos que debíamos aprender de las experiencias fallidas de los últimos años, que debíamos  construir  el proceso asambleario y que debíamos  invitar a todos los sectores, incluidos quienes no suelen participar en este tipo de instancias –bien por su escepticismo, bien porque políticamente son contrarios a  la  democracia directa­. Señalábamos, además,   que la  asamblea no tenía   que ser  un mero  ámbito  donde se plebiscitaran las consignas o los acuerdos de nombres ya negociados previamente, sino que debían discutirse (y resolverse) allí todas las cuestiones.  Mucho  más no  se  avanzó en ese  encuentro, pero sí  acordamos realizar dos  reuniones abiertas preparatorias de la asamblea, que se realizaría en la segunda semana de clases. En esas dos reuniones, el 15 y el 30 de marzo,  se acercaron nuevos compañeros, aunque la mayoría de ellos eran del sector más activo de la carrera, los que usualmente participan de este tipo de discusiones. En esos días de marzo se habló con distintos sectores de graduados y profesores para que participaran del proceso de discusión y decisión colectiva. Lo mismo se hizo pasando por cursos y a través de numerosos volantes. Durante esos días, una serie de compañeras/os de la carrera intentamos que la discusión trascendiera el marco de la “rosca” habitual,  de  la  negociación entre los posibles  historiadores “papables” ­que la hubo­ y  propusimos, cuando nos reunimos con compañeros de otras corrientes y grupos de la facultad, que la discusión y resolución del conflicto fuera lo más colectiva, abierta y transparente posible. En este sentido se decidió no convocar a una única asamblea donde se resolviera todo de una vez (en realidad, donde se plebiscitara lo decidido en ámbitos de negociación alternativos donde el “toma y daca” es la moneda corriente). Pensamos que esta vez, para evitar experiencias fallidas del pasado, había que CONSTRUIR el proceso asambleario.

El martes 5 de abril se llevó a cabo la primera asamblea, la más  masiva de los  últimos años ­entre 350 y 400 personas­,   y   la   más   representativa   en   términos   de   corrientes   políticas,   participación   de   estudiantes   independientes   y participación de profesores y graduados. Más allá de la sorpresa de muchos, lo cierto es que no fue algo “mágico”, sino el resultado de un proceso de construcción colectiva que se inició varias semanas antes (y que, para muchos compañeros, era el resultado del balance de procesos de construcción política horizontal que se vienen desarrollando hace años dentro y fuera del movimiento universitario).

Un sector planteó la necesidad de elegir ahí mismo un director y un programa que fueran una garantía para detener la “reconquista del romerismo” y que ejecutaran lo que decidiéramos entre todos. Otros pensamos que eso quizás cerraría el proceso y que no era conveniente decidir todo en una asamblea antes de que el conjunto de la carrera se informara y pudiera discutir sobre las distintas alternativas. Allí empezamos a plantear algunos puntos  sobre los cambios que deseábamos  y deseamos impulsar en la carrera. En primer lugar, que debíamos tener en cuenta tanto la deseabilidad como la factibilidad de  los cambios que proponemos ­ni pensar y discutir cosas irrealizables, ni limitarnos a lo posible dentro del  statu quo­. Esto era necesario, decíamos, frente a la tendencia a vaciar de contenido real las consignas ­votar infinidad de cosas sin posibilidad de  llevarlas realmente a la práctica­.  Por eso planteamos que todo lo que se proponía debía  tener vinculación real con las necesidades de la carrera y debía explicarse, al momento de proponerse para la consideración colectiva, cómo se llevaría adelante.

En segundo lugar, proponíamos que todos los cambios debían tender a ser debatidos y resueltos en asambleas u otras instancias de participación abierta y colectiva, como las comisiones abiertas o los grupos de trabajo.

Además, en nuestro proceso de discusión sobre la salida de la actual situación compleja respecto del gobierno de la carrera debíamos establecer una relación clara aunque en tensión entre “respeto” y “violación” de la normativa vigente. Si participábamos en la instancia dela Junta ­aunque supeditándola a la discusión y decisiones colectivas­ debíamos respetar las normas que rigen ese ámbito o más bien hacer converger lo mejor posible lo decidido en asambleas y lo que podía ser aceptado en juntas y consejo directivo.

Por otra parte, creíamos necesario rechazar la pura negatividad y el revanchismo. No construimos una Historia contra nadie, no hacemos política contra ninguna persona ni agrupación. Era y es preciso la superación de las perspectivas vigentes, no su eliminación.

En el proceso de discusión, planteamos también que no íbamos a anteponer los nombres a los principios anteriores. No buscábamos trabajo ni posiciones de influencia. Era preciso evitar los personalismos y los “vedetismos”, esos que tanta  división y desconfianza generaron y generan a la hora de construir horizontal y colectivamente.

Por último, entendimos que en el proceso de discusión asamblearia no debían forzarse las votaciones. No estábamos obligados a votar, podíamos y debíamos trabajar por consenso.

Estos puntos, demás está decirlo, intentaban sintetizar nuestra experiencia en procesos anteriores, muchos de ellos empantanados en algunos de los obstáculos que intentamos evitar con nuestro planteo.

Habemus asamblea (o de cómo a veces el movimiento va más allá del Director)

Muchos de estos puntos fueron tomados, en la práctica, por la primera asamblea general. En los aspectos generales logramos trabajar por consenso, pese a las actitudes “personalistas” y sectarias, y pese al intento de forzar votaciones cuando  en lo esencial se había arribado a acuerdos generales.

Entre   todos   dimos   los   primeros   pasos   de   un   largo   proceso   de   construcción   colectiva.   Planteamos   que   era fundamental que ampliemos lo más posible la discusión de la asamblea con nuestros más de 2.500 compañeros de la carrera. Se decidió darnos unos días para debatir en cada práctico ­incluso con delegados por curso­ y luego volver a reunirnos, en una nueva asamblea general, el jueves 14 de abril. Esto fue fundamental para incluir a cientos de compañeros que, si bien expresan sus diferencias con el actual estado de cosas en la carrera, son renuentes a involucrarse en este tipo de procesos colectivos.

Desde el primer momento, decidimos tomar en nuestras manos algunos de los problemas más importantes y urgentes de la carrera. Resolvimos trabajar por comisiones: una sobre reforma del plan de estudios y otra sobre docentes ad­honorem.

En relación con la elección de autoridades del departamento, se llegó a dos decisiones importantes. Primero, que los cinco “representantes” en Junta de los sectores que participaron en la asamblea no dieran quórum hasta que no se llegara a una resolución colectiva del conflicto y, lo más importante, que la futura dirección del departamento debía ser COLECTIVA. Esta propuesta nos pareció claramente superadora de otras que estaban dando vueltas, más afines a los intereses de algún grupo particular de colocar a uno de sus militantes en una posición de poder. Pensamos  que si estábamos intentando discutir y resolver colectivamente nuestros problemas, era hora de  buscar alternativas superadoras que expresaran el espíritu de construcción colectiva.

La discusión y las resoluciones en la asamblea mostraron, hasta ahora, que podemos (y debemos) hacer las cosas de otra manera. Esta vez, pese a la presión de algunos grupos por resolver todo de una vez (dada la supuesta mayoría numérica con la que esperaban “ganar” la votación de director), se impuso una lógica con nuevos mecanismos de construcción. Fue un paso importantísimo. Algunos querían que hubiera humo blanco para proclamar enseguida el “habemus Director”. Otros entendimos que era más importante generar un proceso de movilización como el que se dio de ahí en más. Por supuesto, se enfrentaron dos lógicas. Una, la que planteaba que había que dar un golpe y forzar la elección de un director y un programa. Otra que planteaba que más que un programa y un director lo que había que buscar era otra forma de construcción política, que incluyera la real participación de la mayoría de los involucrados, que rechazara la lógica de la delegación, que apostara a caminar por caminos no explorados, aunque eso llevara más tiempo y mayor incertidumbre…

Histeria en Historia (o de cómo no se acepta el real gobierno colectivo)

Cuando el proceso tomó este, para algunos, inesperado curso, quienes querían resolver todo de una vez se pusieron  muy nerviosos. Que la queríamos dilatar, que no queríamos resolver nada, que queríamos discutir pavadas en vez del poder real de  la carrera, que   éramos  funcionales a  la gestión, que éramos   anarquistas, que éramos   autonomistas, que  éramos macartistas, que éramos hiperdemocráticos, que no los dejábamos tomar el poder. En fin, lo que se dio, por parte de ciertos  sectores, es una lógica de aparatos que los llevó a distanciarse cada vez más de los cientos de estudiantes y docentes que participaron del proceso. No aceptaron las reglas del movimiento, no podían creer que una asamblea masiva los repudiara. Como   no   les   gustó   esto,   sacaron   infinidad   de   volantes   insultando   a   quienes   no   pensábamos   como   ellos,   haciendo caracterizaciones por lo menos sesgadas, mintiendo sobre cosas que supuestamente se habían resuelto. Intentaban catalogar a todas las personas y agrupaciones que no pensaban como ellos como el “Bloque no resolutivo” (Socialismo Libertario,La Mariátegui, Liga Socialista Revolucionaria, Partido Comunista Revolucionario, Mas Que un Nombre, Interprácticos, etc.). No entendían, parece, que muchos planteaban, desde una gran diversidad, que hay otras formas de construir y de resolver.

Lo interesante es que esos espasmos se tornaron completamente inocuos porque la mayoría de los que participaron en  el   proceso   asambleario,  en   las   comisiones   de   trabajo   y   en   las   instancias  de  discusión   en   los   prácticos,   ya   estaban experimentando cuáles eran las posiciones de cada grupo, planteando sus propias interpretaciones y construyendo su propia agenda de problemas y prioridades.  La histeria de quienes veían cómo se perdía la oportunidad de llegar al “gobierno” de la carrera generó malestar, pero no impidió al resto generar los “anticuerpos” para seguir avanzando. Una vez más, se avanzaba respecto a anteriores procesos como la movilización universitaria en 1999 o el proceso asambleario que se inició en 2001.

Hijos de nuestras propias experiencias (o de cómo vamos aprendiendo en el andar)

Lo interesante del proceso es que el propio movimiento fue aprendiendo a medida que dio sus primeros pasos. La  primera asamblea fue algo caótica y el micrófono y la coordinación estuvo a cargo de quienes parecía que tenían muy claro cómo debía direccionarse el proceso. Ya en la segunda asamblea, y a propuesta de un curso, la coordinación pasó a estar a cargo de independientes, aunque estos fueron acosados por algunos militantes y terminaran “renunciando” antes de que la asamblea  finalizase. Incluso  hubo   una  larga  pelea,  hasta  pasada  la  medianoche, en  cuanto  a  la  redacción  sobre  lo  que supuestamente se había votado en la asamblea. Lejos de cansarse por lo dificultoso de esta forma de construcción, en varios prácticos se avanzó acerca de cómo organizar mejor la tercera asamblea para evitar las “aparateadas”.  Así, en la siguiente asamblea hubo seis estudiantes independientes coordinando el uso del micrófono, armando la lista de oradores (que incluía un tiempo para que se informara de la discusión y resoluciones de cada curso, luego un tiempo para los oradores ­con limitación de tres por agrupación­ y luego un tiempo para ordenar las mociones y votar), escribiendo las mociones e impidiendo que nadie se acercara a “acosar” a los moderadores, como había ocurrido en la asamblea anterior. Esta tercera asamblea fue la más prolija. También fue la más tensa, dado que quienes querían elegir en ese mismo momento la dirección de la carrera ­que en la primera asamblea ya se había decidido colectiva­ lograron por fin “forzar” la votación ­hasta ahí habíamos trabajado por consenso  en  los temas  más  importantes:  formas  de  gobierno,  comisión  de  plan  de  estudios,  comisión   de  docentes  ad­honorem­. Se votó ­148 a 124­ no decidir en ese momento sobre la dirección de la carrera, sino bajar a los cursos para  ampliar el debate. Por supuesto, quienes perdieron la votación se enardecieron con la asamblea, chicanearon, gritaron. Pero todo siguió funcionando en relativa calma.

Esa semana volvieron a arreciar los volantes contra los que supuestamente no queríamos decidir nada (recordemos el mote   de   “bloque   no   resolutivo”   que   nos   habían   intentado   colgar).   Sin   embargo,   estábamos   decidiendo   muchas   cosas: informamos al conjunto de los estudiantes, graduados y docentes acerca de la situación político­académica de la carrera y la facultad –socializando información que muchas veces queda en manos de unos pocos profesionales de la política­; rompimos la lógica que indica que la asamblea es una mera instancia para plebiscitar lo decidido en otros  ámbitos; implementamos un  ida y vuelta entre la asamblea y los cursos, pocas veces vistos; constituimos una comisión de discusión del plan de estudios y  otra de los docentes  ad­honorem, que luego se extendió a toda la facultad y llegó a coordinar con otras comisiones dela  UBA, logrando resultados concretos (hasta el momento se consiguió rentar a más de 80 docentes de Filo, la mayoría de historia, y se está en camino de rentar a 50 o 60 más).

Al mismo tiempo, esa semana se inauguró un nuevo espacio: el Interprácticos.  En este espacio se dio una dinámica de trabajo distinta a la de la asamblea. Es un espacio de discusión donde todos pueden hablar, donde participan decenas de compañeros que quieren discutir pero que quizás no se animan a hablar en la asamblea, donde se forman grupos de trabajo y  donde no se está corrido por los tiempos de la asamblea.

El 16 de mayo fue la cuarta asamblea general, con casi la misma masividad que las anteriores. Esta vez volvieron a  reproducirse las tensiones anteriores. Al no votarse una moción que pedía votar la dirección de la carrera en esa asamblea ­se pretendía hacerlo al inicio de la asamblea y no al final, como cualquier moción de orden­  un sector decidió  romper la asamblea e irse, alegando haber sido agredidos por militantes de una agrupación socialista pacifista. Esto puso al desnudo la  contraposición  de  dos  lógicas   de  construcción.  Quienes   nos  quedamos  en  la  asamblea  decidimos  que el  proceso  debía continuar y convocamos a una nueva asamblea, invitando además a quienes se habían ido para que concurrieran. Durante los días siguientes volvieron a publicarse  muchos volantes intentando explicar que la asamblea tenía que ser como ellos  la concebían  y suponiendo  que  quienes  teníamos  otra  concepción  éramos   funcionales  al  decano  y  a   la  gestión,   dado  que mientras no votábamos su director, el Consejo Directivo seguía gobernando. En la siguiente reunión de Interprácticos, con entre 80 y 90 presentes, se trabajó en cuatro grupos, discutiendo distintos ejes (formas de gobierno de la carrera, plan de estudios, cursadas, asamblea, Interprácticos, etc.). Al final de la reunión se conformaron grupos de trabajo para avanzar sobre los distintos problemas.

En la quinta asamblea, el 1 de julio, la masividad se mantuvo a pesar de que el llamado a la misma fue boicoteado  por quienes se habían ido de la asamblea anterior. Sin ninguna autocrítica y porque “no les dio el cuero” (sic) para armar otra asamblea paralela, tuvieron que volver a esta asamblea y una vez más intentaron que la lógica de la misma girara en torno a lo que consideran lo fundamental: elegir una dirección (colectiva). Sí ocurrió algo nuevo. Los “papables”, que habían venido a las asambleas anteriores, esta vez no se presentaron, quizás ahora concientes del desprestigio que habían logrado producto de sus propias intervenciones nerviosas y de tono autoritario.

En la sexta asamblea, con algo menos de gente,  Razón y Revolución  –“mayoría estudiantil” enla Junta­ decidió retirarse cuando la asamblea votó ­117 a 109­ que no debía forzarse la elección de la dirección antes de dar la discusión.  Consideraron que esto era inaceptable, que la asamblea así no iba a ningún lado, y que cuando se decidiera a actuar en serio  ellos   volverían.   Esta   vez   el   PO   y   el   PTS  se   quedaron   en   la   asamblea,   por   lo   cual  ésta   pudo  seguir   funcionando “normalmente”. Lo que le dio un giro fue cuando, al final, se volvió a plantear la votación sobre si elegir o no la dirección de la   carrera.   En  esta  oportunidad,  varios  compañeros   que   habían   votado   antes   en   contra   de   resolver   sobre   la   dirección,  entendieron   que   era   la   oportunidad,   dada   la   supuesta   mayoría   de   votos,   para   “ganarle”   a   los   otros   y   resolver   el “autogobierno”. El problema fue que era tardísimo y estaba claro que no se podía resolver en esa instancia y a esa hora algo tan crucial, por lo cual se resolvió pasar a un cuarto intermedio y continuar la asamblea unos días después, la última semana de clases antes del receso, para que se resolviera esta cuestión.

En la siguiente reunión de Interprácticos, la tercera, se discutió, además de avanzar con cinco grupos de trabajo (Jornadas de Plan de Estudios, Inter­escuelas de Historia, comisión de discusión sobre las materias y las cátedras, comisión sobre el Cefyl y comisión sobre Historia del movimiento estudiantil), sobre la encrucijada en que nos había colocado la actitud –para algunos “oportunista”­ de haber querido ganar la votación. Algunos planteamos que eso era entrar en la lógica que   criticamos.   Nosotros   no   vamos   a   una   asamblea   para   “ganarla”,   para   que   se   vote   “nuestro   programa”.   Nosotros  entendemos que la construcción colectiva es  posible. Por eso hay que intentar evitar el oportunismo. Somos concientes, además, de que la fuerza está  en el movimiento. No fetichizamos la asamblea. Sabemos que lo que se resuelve en una votación dividida, seguramente –como se vio varias veces a lo largo de este proceso­ no puede ser llevado adelante por falta de impulso. Pero el haber votado lo que se votó en la última asamblea nos ponía de cara a un problema que no sabíamos  cómo resolver.

La séptima y última asamblea del cuatrimestre, segunda parte de la sexta cuarto intermedio mediante,   fue muy distinta a las anteriores. Hubo poco más de 100 personas, lo cual predispuso mal a la mayoría de los que participaron. Era la hora, parece, de echar culpas. Los que suelen hablar con certezas, con el dedo  índice levantado, nos explicaban que la culpa  había sido del “bloque no resolutivo”, que la gente se había cansado de venir a asambleas en las que no se decide nada (que no se elige director, traducido a su lenguaje y a su política). Parecía que se daba por fin, después de mucho tiempo, el  escenario que ellos planteaban: la gente en algún momento se cansa, por eso es necesario elegir una dirección que se haga cargo del gobierno cuando se calme la ola movimientista.

Creemos que  hacer   ese balance  es,  al menos,  apresurado.  Era la  última  semana de  clases,  fecha de  parciales, momento en que muchos llegan como pueden a terminar sus obligaciones. También, es cierto, había mucho desconcierto en cómo salir del pantano en que nos había puesto la votación final de la asamblea anterior. Y a eso se sumaba la posición de un grupo de compañeros independientes que realmente creían que si no se votaba una dirección la cosa se iba a diluir. Lo cierto es que la mayoría nos sentimos impotentes y no supimos cómo actuar. Así, en la asamblea más chica y menos participativa, se resolvió, con poco más de 40 votos a favor, constituir una comisión abierta que tomara las resoluciones, que luego serían refrendadas por la primera asamblea, al inicio del segundo cuatrimestre.

Hubo algunos días de desconcierto, pero el movimiento de decenas de estudiantes, graduados y docentes nucleados en Interprácticos no se detuvo. En la cuarta reunión se avanzó en la discusión por grupos y se presentaron pre­proyectos para  realizar una serie de actividades (Pre­Jornadas Interescuelas, Jornadas de discusión del plan de estudios, boletines, etc.). Una vez más, el propio movimiento demostró que nada va a definirse en una votación, de un momento para otro.

Hoy tenemos la posibilidad de cambiarla Historia(o de cómo el final está por escribirse)

Hoy, a casi cinco meses de iniciado el movimiento, mucho hay para decir, pero no puede anticiparse cuál va a ser el destino final del proceso iniciado en la carrera de Historia. Avanzamos con muchas dudas, con inseguridad, pero ya sin tanto  miedo a quienes portan las verdades reveladas. En tan poco tiempo empezamos a romper muchas lógicas: la de delegar, la de resolver individualmente los problemas, la de resignarnos frente a lo existente, la del poder de lo instituido.

Con todas las dificultades que tiene caminar sin mapa y por terrenos desconocidos, muchos pensamos que, dada la dinámica que tuvo y tiene el proceso en Historia, era fundamental que las propuestas sean debatidas en casa curso, por todas y todos. Cuanto más abiertas, cuanto más participativas, cuanto más transparentes, las asambleas van a tener mayor capacidad de ser realmente resolutivas –no porque lo declamemos, sí por su poder real­. Esta, creemos, es la única forma de construir un (auto)gobierno colectivo, cualquiera sea la forma que tome. Este es el desafío que nos planteamos quienes creemos en la discusión y resolución colectiva de nuestros problemas. Apostamos a crecer entre todos, a equivocarnos y acertar entre todos  –por eso es fundamental la autocrítica­, no queremos ocupar espacios de poder, no queremos puestos ni cargos para nuestros militantes o nuestros amigos.

Por eso, más allá del apuro de algunos, nos parece que hasta ahora nos dimos los tiempos necesarios para ampliar la participación y desarrollar todas las potencialidades del movimiento. No estamos preocupados por llegar a las elecciones, por  potenciar candidatos, por imponer consignas. Sí por avanzar en nuestra forma de construcción, que implica que tomemos los problemas en nuestras manos y avancemos en conjunto para resolverlos. Así estamos haciendo los docentes ad­honorem, no sin pocos resultados satisfactorios. Así estamos haciendo en la organización del Interprácticos, en las Jornadas del Plan de Estudios planteadas para octubre, en la organización colectiva del viaje a las Interescuelas de Historia y de un pre­encuentro,  en la discusión sobre el Cefyl, entre otros.

Hasta ahora, la “derecha” no tomó el poder de la carrera –aunque, es verdad, no superamos la situación existente del “empate” dela Junta­, no nos cansamos sino que por primera vez logramos sostener en el tiempo un proceso de auto­organización (incluso mucho más allá de lo que pronosticaban hasta los más optimistas). Salimos del escenario inicial de votar UN director salvador y ya tenemos más en claro que la resolución debe ser colectiva (aunque haya diversidad de criterios sobre qué significa esto). El final no está escrito. Mientras se vuelcan en papel estas líneas, se prepara una quinta reunión de Interprácticos, una nueva asamblea para agosto, se construye una mayor coordinación docente con otras facultades (la comisión de Filo trabaja ahora junto a la de Sociales y Económicas y docentes de Medicina y el CBC), se discute durante  la relativa calma del receso, se reflexiona, se sale de lo acostumbrado. Nadie sabe hasta dónde podemos llegar con este proceso. Lo cierto es que esta experiencia ya es nuestra. Todo lo avanzado hasta acá, para algunos poco, para otros mucho, no lo   podemos   perder.   Es   nuestra   experiencia   acumulada.   Es   lo   que   ya   ganamos.   No   tenemos   un   nuevo   Director   del Departamento, no votamos un Programa para imponerle al resto, pero estamos aprendiendo una nueva forma de construcción política.

 Más Que un Nombre

7 de agosto de 2005

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