Las Aventuras de X Boletín sobre la organización sindical docente

Aventura 1: ¡Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas!

En un colegio secundario del conurbano donde trabaja X desde hace un año y medio, varias veces durante el año pasado el turno mañana no tuvo director, por lo que las tareas directivas quedaban formalmente a cargo del docente con mayor antigüedad. Sin embargo, esto daba lugar a situaciones que tendían más al caos que a la autoorganización. O, si se quiere, la autoorganización era solo insipiente. Y este año la situación no mejoró: las funciones organizativas adquirieron un nombre propio, ya que se designó un director que organizó la escuela, pero lo hizo en el peor de los sentidos: dividiendo, aislando, desmembrando, para poder controlar mejor. «Que los docentes no se junten en la misma sala que los preceptores, que usen solo la sala docente», «Que los auxiliares no se junten con los preceptores, los auxiliares deben estar paraditos cerca de la puerta o en la cocina, ese es su lugar». Lo que la institución llama organización es solo la desunión de los trabajadores de la escuela.

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Aun así X busca líneas de resistencia a la desintegración que propone la institución: cuando va hacia la escuela se encuentra en el colectivo con algunos docentes y preceptores, e intenta charlar con ellos de lo que sucede en la escuela. Luego de clase, suele ir a conversar a la sala de profesores, aunque no le toque dar clases luego, ya que sabe que se necesita crear vinculo para evadir el aislamiento y estar al tanto de lo que sucede en la escuela los días en que no da clases. Cuando se va de la escuela, se detiene a charlar con los auxiliares, restringidos al área cercana a la puerta, según directivas oficiales. «Nos trata muy mal, como si fuéramos menos que él», le dicen. El tránsito entre una situación y otra es el único momento de socialización que la “nueva” organización escolar le deja a X.

Pero, al volver del receso de invierno, X escucha en una conversación en la sala de profesores que «se designaron dos delegados en representación de todos los afiliados a SUTEBA oficial». ¿Cómo es esto? ¿Qué paso que, sin haberse enterado, se eligieron delegados?

La interna sindical debe haber influido en esto, piensa X mientras camina hacia la parada del colectivo. ¿Qué otra explicación encontrarle? Mientras en otros distritos la línea oficial del sindicato perdió la dirección, en el distrito de X esto no sucedió. Frente a esta amenaza potencial, la línea oficial debe haber convocado a elecciones, sin que casi nadie se entere… Maniobra esperable: asegurar los delegados en aquellas zonas en las que el oficialismo no cayó, evitar que los efectos de las elecciones sigan repercutiendo entre los docentes.

X piensa, mientras espera el colectivo: la nueva dirección de la escuela, por un lado, nos divide, el sindicato, por otro, “elige” delegados sin que casi nadie se entere… ¿A quién favorece esta maniobra sindical? ¿Al conjunto de los docentes del colegio o a alguna facción sindical en sus internas? ¿Qué sentido tiene elegir delegados en un clima de escuela en el que no hay casi ningún tipo de organización entre los trabajadores, o peor, en el que los trabajadores están siendo divididos? ¿No son estas simplemente imposiciones sindicales que no colaboran para nada con la autoorganizacion de los docentes? ¿No es esto una típica práctica burocrático-autoritaria que no garantiza sino mantener a los trabajadores de la educación atados a la línea oficial del sindicato? ¿Qué diferencias hay entre la acción de un sindicato y la de un directivo cuando en ninguno de los casos se respeta la democracia y la participación de los trabajadores de la escuela?

 

Aventura 2: De la escuela a la asamblea… ¿Yendo de la cama al living?

 

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Días después, y luego de varias charlas de X con sus compañeras de parada, se dieron cuenta del malestar a cuestas que cargaban por el acuerdo del Estado y la gremial, en el que se empaquetaron vergonzosamente las condiciones de trabajo docentes y la “elección” fantasma de delegados en su escuela. Por otro lado, también percibían que podía haber nuevos vientos por el triunfo electoral opositor en otros districtos del conurbano. “¡Algo hay que hacer!”, se dijeron y quedaron en participar de las asamblea sindical que se había convocado. Encendida la bronca, antes de languidecer en una queja entre cuatro paredes de sala de profesores o en la espera del colectivo, prendieron los motores: ¡Hacia allá vamos!

El día D, la llegada fue asombrosa: «Profe, ¡qué cantidad de docentes! ¿Serán como 400 delegados?» «Estimo que más, es increíble». Mientras, las horas pasaban y la modalidad era una lista interminable de delegados que comunicaban los mandatos por escuela, que no significaban otra cosa que dos minutos de fama para ser abucheado o aplaudido, según el color de la lista a la que perteneciera.

La duda también rondaba a las profes: en medio de la asamblea circulaban unos mandatos impresos que parecían más un programa del partido que un rastreo de los problemas en las escuelas hecho por los docentes. «Profe, la verdad es que, por un lado, esta cantidad de gente desbordó mis expectativas pero, por el otro, me voy con una sensación extraña». “A mí me pasa lo mismo”, le respondió X…

Las asambleas son espacios vitales para todos aquellos que hacemos política, es decir, para los que ante los malestares en la escuela, la fábrica, la minería o el basural que envenena nuestro barrio, nos hacemos cargo e intervenimos. Es la posibilidad de que pensemos y discutamos con otros las maneras de encarar los problemas. De que los mismos afectados tomemos en nuestras manos lo que nos sucede.

Un riesgo que se corre cuando estamos en una asamblea es que ésta se divida entre los que hacen el trabajo teórico de pensar y decidir y los que ejecutan las decisiones tomadas por otros. Una asamblea o mandato puede volverse una caricatura, según como la echemos a rodar. Puede bloquear la inteligencia colectiva y dividir el escenario entre consumidores-espectadores y profesionales de la política. Si adherimos a la pedagogía de Freire que promueve la idea de que estudiar es la posibilidad de mover y cranear con otros, entonces no podemos habitar formas de participación política que habiliten lo contrario: que unos estudien o produzcan ideas y otros las consuman.

¿Cuántas veces en tanto docentes les pedimos a los estudiantes que trabajen en grupo y les llamamos la atención porque algunos se limitan a copiar y no hacer nada y otros maquinan y producen todo? No nos agrada lo que sucede a veces en clase, pero es lo que solemos hacer frecuentemente en la asamblea.

¿Qué puede una asamblea?

 ¿Los mejores, los únicos, los métodos piqueteros? ¿Corte de ruta y asamblea?

Por qué poner entre signos de pregunta lo que para algunos es una afirmación. Otra vez, nos encontramos ante dificultades similares. No es que estemos en desacuerdo con las asambleas, sino que estamos en desacuerdo con las formas de relacionarnos que a veces se tejen en ellas.

Los docentes estamos faltos de espacios para pensar(nos) y, también hay que decirlo, muchos tenemos esa apatía y desafección que criticamos de nuestros alumnos. Este combo expresa una realidad difícil de mover, que da cuenta de la necesidad de habilitar lugares para encontrarnos y deliberar sobre todo aquello que nos consume: la imposibilidad de disfrutar de una clase, el IOMA del doctor Cureta, el maltrato de las prestatarias, el sueldo que no alcanza o directamente no se cobra, el heavy metal de los barrios en donde laburamos, aulas en las que hay que remarla, edificios tan precarios como trabajar en el plan FINES, etc, etc.

Una montaña de problemas que también incluye qué y cómo hacer. Quedarnos sólo en asambleas televidentes con listas interminables de oradores con 2 minutos de fama, no supone construir eso que falta. Multiplicar las asambleas sin detenernos en corregir su dinámica o sin abrir otros espacios, no democratiza el asunto.

Un encuentro asambleario nos convoca colectivamente a tomar resoluciones, y eso es un logro porque las decisiones no quedan en una encerrona de representantes entre cuatro paredes. Lo que hace ruido de la situación es cuando la participación se reduce al hecho de votar. El gesto de la mano levantada que se repite una y otra vez. El movimiento autómata de una mano que se separa de un proceso intenso de discusión y nos precariza en tanto seres políticos.

Por eso nos emociona todo aquel gesto de autoorganización en las escuelas que, por muy pequeño que sea, no se limita a alzar la mano y decide botar todos “los males” sobre la mesa y con otros. También nos parecen de una mirada atenta y compartida las iniciativas de la oposición de motorizar jornadas institucionales para ir armando estos espacios que, entre la apatía y la burocratización de la conducción anterior, quedaron fuera de escena. Queda el atravesar formas asamblearias que también acompañen estas intenciones. Modos de organizarnos que agiten la intensificación de la presencia y no sólo el número de la representación.

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Mandato mandinga… ¡Minga!

El modo en que se produce un mandato no escapa a este problema. Es una herramienta fundamental que nos sirve para comunicar(nos) en y con otras escuelas. Algunos mandatos pueden ser brillantes en lo que expresan pero, en el fondo, son letra muerta si no fueron efectivamente discutidos. Lo activo de ese mandato, que en forma de papel llega a la asamblea, es el tipo de vínculo que nos dimos en la escuela al momento de elaborarlo. Cosa en la que tampoco es menor el tiempo. La mayoría somos docentes de bondi en bondi, de escuela en escuela, un mandato en tiempo corto en el que ni llegamos a vernos con nuestros compañeros, es como un pedido de comida rápida. El mandato puede sonar muuuy revolucionario, pero si no se elaboró entre todos es sólo una papeleta.

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Aventura 3: La dirección está vacante… ¿escuela recuperada?

Desde hace un mes, la Dirección está vacante en una escuela X y la cosa, dicen, va para largo. La solución que baja desde La Plata es conocida: se hacen cargo por turnos los docentes de mayor puntaje. Obviamente, se espera que ejerzamos la función de directivo y que cobremos como docentes rasos. X viene pensando esto camino a la escuela y cuando llega todos la miran como si fuera una condenada. Resulta que hoy le toca a ella hacer de directivo y la está esperando una madre furiosa cuya hija quedó machucada luego de una pelea con otra niña. Se pone el saco del directivo e invita a la madre a pasar al despacho. Ella adelanta que va a recurrir a la inspección quejándose de la falta de respuestas de la escuela. Le explica la situación a la madre y la alienta a que recurra al inspector como una manera de hacerle ver a éste que hace falta designar un directivo en la escuela. Luego, le garantiza que su hija no saldrá lastimada nuevamente y que la escuela va a reunir al Consejo de Convivencia para analizar el caso. La madre se va satisfecha y en la escuela se ponen manos a la obra. Se reúnen los docentes y deciden armar el Consejo. Este requiere la presencia de tantos docentes como estudiantes lo cual, en una escuela chica como esta, supone levantar las clases. Acordaron en que la situación lo exige, así que reunieron a los estudiantes en el salón comedor bajo la mirada atenta de un par de preceptores. Hacen elegir un delegado estudiantil por curso y cada docente de la escuela participa en la reunión de Convivencia. La reunión resulta agitada y luego de momentos de gran tensión llegan a una conclusión que ayudaría a la convivencia escolar. El mandato como directivo de X terminaba a las 15:55, luego la sucedía en el trono el docente de mayor puntaje. Mientras viaja en colectivo rumbo a la siguiente escuela piensa satisfecha que colectivamente docentes y estudiantes habían resuelto un problema sin la intervención de ningún directivo. Mientras entra al siguiente salón, se pregunta qué tan necesario son los dirigentes cuando nos ponemos de acuerdo los productores.

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 Leemos en el diario de viaje de X…:

 Si bien la ausencia de directivos es generalmente vista por los docentes desde el punto de vista de las irregularidades y desigualdades que genera como podemos ver al principio (docentes no designados como directivos teniendo que hacerse responsable de roles para los que no se postularon y por los que tampoco cobran el salario correspondiente), es también, como vemos al final, la posibilidad abierta hacia una verdadera autogestión en la escuela, la posibilidad abierta de un mayor ejercicio y de una participación democrática de los trabajadores de la educación en la escuela. Bueno sería que no fuese necesaria la ausencia de directivos para que se diera tal organización. De hecho, sabemos que no todos los directivos adscriben a la impronta que ve en toda reunión un peligro, y en la división la seguridad, aunque esta sea la opinión mayoritaria.

Pero, más allá de que el directivo lo habilite o no, y esté éste o no, es necesario dejar en claro que los docentes, como cualquier otro trabajador, tenemos derecho a reunión y organización, y que es en ese encuentro donde podemos encontrar las verdaderas fuerzas que permitan tanto democratizar la escuela como democratizar los sindicatos.


Trabajadores de la educación en el Nodo (Colectivo de Coorganización Militante)

Octubre de 2013

Nodo – Colectivo de co-organización militante

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