¿Cuál democracia para qué clase social? Por la autonomía de clase de lxs productorxs sociales

La emancipación de la clase obrera
debe ser obra de los obreros mismos.
 
—Estatutos generales de la Asociación
Internacional de los Trabajadores (AIT), 1871.

Cada vez que tenemos fuerza suficiente, quienes firmamos este documento nos presentamos a elecciones en nuestros lugares de trabajo (sindicatos, colegios secundarios, terciarios, universidades…). De manera que, de hecho, ni estamos en contra de presentarnos a elecciones ni estamos en contra de votar. Al menos, no por principio. Pero eso sí: cada vez que nos presentamos, lo hacemos denunciando el carácter burgués de la representación; socializando toda la información a la que accedemos y que normalmente queda en la «mesa chica» de quienes toman las decisiones que nos afectan; mediando instancias colectivas de elaboración y decisión que propicien la mayor apropiación posible del proceso por parte de «los electores»; y defendiendo la revocabilidad en asambleas y la rotación periódica de «los electos». Pues consideramos que no debemos atender por separado los contenidos y las formas, los medios y los fines, de la acción política. Las formas expresan contenidos, los medios anticipan fines. Por ello ni nos disfrazamos de promotores de la revolución vistiendo gorritas y remeras con colores identificatorios, ni nos volvemos publicistas que abandonan los planteos revolucionarios a favor de frases «que le lleguen a la gente», ni hacemos marketing para «la venta» de candidatos que combinen el vedetismo con la mercancía, ni sostenemos cantitos y barrabravas como si las elecciones fueran un torneo de la AFA.

Las elecciones se volvieron a poner de moda: de los procesos asamblearios a la reivindicación burguesa de la representación

Luego de las experiencias asamblearias potenciadas a partir de la crisis del 2001, las elecciones como modo democrático de gobernarnos retomaron su furor en la arena política. Tanto “la nueva izquierda popular” como la izquierda trostkysta, junto con otras expresiones de la izquierda local, han decidido abrazar las elecciones. Una de las lecturas posibles es la necesidad de una «herramienta política», cuya ausencia en el contexto de la crisis de 2001 habría imposibilitado canalizar las «fuerzas populares» desatadas y conducirlas hacia un proceso revolucionario. Otra, es la convicción de que a través de la ocupación de cargos electivos estatales se pueden potenciar las activaciones de base.

Lo que tienen en común ambas visiones es que tienden a reducir la participación política a la representación, favorecen la clausura de los procesos de autogestión y refuerzan la inercia de la delegación y obediencia a un jefe/a o partido.

¿No hay que votar, entonces? Tal como expresamos en el primer párrafo de este documento, cuestionamos la representación como sistema jerárquico y/o burocrático que naturaliza que unos manden y otros obedezcan. Y agregamos: presentarse a elecciones sin denunciar su carácter burgués, sin criticar la explotación cotidiana que la representación esconde y sin poner en práctica dispositivos de apertura colectiva que propicien la apropiación del proceso por parte del conjunto de lxs productorxs sociales, no apunta a debilitar el orden establecido sino a reforzarlo mediante el culto a los líderes (vivos y muertos), la sumisión al partido y el establecimiento de una burocracia «revolucionaria» que decide a espaldas de la clase trabajadora con el propósito de afianzar el aparato.

No hay atajos para la autoemancipación de la clase de lxs productorxs sociales. Votar o no votar da lo mismo si no ejercitamos, simultáneamente, es decir en este preciso instante, la crítica práctica contra la lógica del capital y contra la lógica de la representación en cada lugar de trabajo y en cada situación cotidiana que nos interpela, en nuestros lazos colectivos, con otrxs productorxs sociales. No en la jaula oscura donde por períodos regulares ahogamos nuestros deseos de emancipación humana.

 Nodo – Colectivo de Coorganización Militante

Octubre de 2015