Germinal* Una genealogía del movimiento en la carrera de Filosofía. MQN

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Romina Simón, Juan Pablo Parra, Cecilia Hemming, Gastón Falconi, Mariano Repossi, Maximiliano García, Florencio Noceti. 

La épica de la coyuntura es una metafísica del oportunismo. Revista Literal

 La literatura griega clásica conserva en su haber una metáfora, extraída de los avatares de la experiencia naval: el «recurso a segunda navegación». Tal expresión indica que cuando las condiciones climáticas no favorecen el buen rumbo del navío, esto es, cuando el viento no sopla, o sopla turbulento, o en direcciones adversas, hay que abandonar la propulsión a vela, tomar los remos y tripular con la sola ayuda de las propias fuerzas.

Aquí resaltamos: Especialmente cuando el viento no sopla. Pues cuando el clima es de una calma basada en la semejanza, en la predecible reiteración de la indiferencia, significa que un olvido, una desaparición, un sacrifico, un crimen, ha clausurado la posibilidad de producir lo inesperado con el fin de constituir ese «normal» clima de calma: si la excepcionalidad es el síntoma de la descomposición, la normalidad es la descomposición misma puesta a trabajar. En esta convicción suspicaz y en aquella metáfora griega fundamos, por decirlo fugazmente, nuestra praxis.

Desde que existe la carrera de Filosofía hay estudiantes que no sólo se resisten a aceptar así nomás el modo hegemónico de habitarla, sino que activan procesos de alteración y militancia. No hay un origen de esas activaciones. Lo que hay es una madeja de líneas que se cruzan y se alejan, según lentitudes y celeridades variables, según afectos e intensidades de índole muy diversa. Nosotras y nosotros (un ‹nosotras y nosotros› del que damos cuenta desde una experiencia inseparable de nuestra composición subjetiva con experiencias colectivas de activismo, alteración y militancia) nos reconocemos en algunas de esas líneas.

Durante el segundo cuatrimestre de 2001 (al calor del conflicto salarial por el recorte del 13% que el gobierno de De La Rúa había implementado) compañeras y compañeros que cursábamos primer año nos organizamos en la Comisión de Filosofía. Publicamos un boletín en el que muchas y muchos escribíamos por primera vez sobre temas que nos interesaban. A finales de ese año (cuando el reflujo del conflicto era palpable), junto a docentes de las comisiones de prácticos de Historia de la Filosofía Medieval, organizamos una charla-debate sobre el nacimiento y la actualidad crítica de la institución universitaria (actividad que realizamos en el patio dela Facultad y en la que participamos unas ciento cincuenta personas).

Luego ocurrió el 20 de diciembre y nos lanzamos a lo inesperado en las asambleas barriales, en los piquetes, y en otras tantas experiencias de acción política, teórica y práctica.

Al comenzar las clases en 2002, la Facultad permanecía impávida al ruido de las cacerolas, al humo de los gases, a la masacre del Puente Avellaneda, al vallado de los edificios públicos. Entonces orientamos nuestra formación filosófica al análisis crítico de la secuencia abierta el 20 de diciembre y publicamos el cuadernillo «Filosofía práctica, cuatro ensayos de estudiantes de Filosofía», uno de cuyos ensayos fue propuesto en teóricos como bibliografía optativa por la entonces Profesora Adjunta de Metafísica. Esta iniciativa docente nos exigió transformar el modo de distribución de los materiales: si hasta entonces los centralizábamos en la mesa de Dialéktica y sólo circulaban de mano en mano en los pasillos, ahora teníamos que entrar a un curso y presentarlos ante una multitud de desconocidos. De alguna manera, el aula se nos manifestaba como un laboratorio de posibles experiencias junto a compañeras y compañeros que no conocíamos, y se nos manifestaba también como horizonte hacia el cual dirigir todo proyecto de publicación.

Aquella iniciativa docente nos había empujado a transformar el modo de circulación de los materiales. Ahora nuestra propia iniciativa práctica nos exigía transformar el dispositivo de producción. Al aula como espacio clave de circulación de las publicaciones y laboratorio de experiencias, se sumaban entonces i) la discusión y la escritura colectivas a partir de algún problema que nos interpelaba de manera clara y confusa, y ii) el diálogo/vínculo concreto (no anónimo, como lo era para las primeras publicaciones) con nuestras compañeras y compañeros.

Buscando alianzas que potenciaran nuestra actividad, nos reunimos con varios docentes y las coincidencias nos sorprendieron tanto como las disidencias, así que publicamos las conversaciones de uno de esos encuentros bajo el título «Diálogo sobre la carrera». Buscando la médula de la organización académica nos topamos con el «examen» –artefacto destinado a sostener el orden todo– como forma de evaluación imperante y operamos su desmontaje teórico en el cuadernillo «Deconstrucción de la máquina examen». Aquí dimos un golpe de timón en relación al despliegue precedente de nuestro dispositivo de producción, registro y circulación, ya que el nuevo cuadernillo convocaba a una reunión pública y abierta para discutir la problemática expuesta en él. La experiencia resultó más que alentadora, pues asistieron compañeras y compañeros de otras carreras (Historia, Letras, Antropología) que se sentían atravesados por el examen como rector de los tiempos y espacios académicos. Así salimos de la disciplina específica, pero también salimos de la facultad específica y de nuestra condición subjetiva específica: este cuadernillo y los materiales que siguieron a él fueron distribuidos, discutidos y utilizados por estudiantes de otras facultades y de otras universidades, y por vecinas y vecinos de diferentes espacios de militancia, desde la carrera de Periodismo dela Universidad deLa Plata hasta el «Enero Autónomo» de 2003, pasando por las y los okupas santafesinos de «Las Puertas son de Adorno» yla Asamblea de Floresta (con la que hoy estamos intentando realizar alguna actividad de continuidad prolongada).

Un nuevo material, «Alteraciones/01», funcionó como pontífice teórico, pues nos permitía tender un vínculo crítico desde las alteraciones que se dieron sede en plena normalidad institucional (impavidez de principios de 2002) hacia aquellas otras alteraciones, acaecidas durante la excepcionalidad institucional (conflicto salarial a fines de 2001), poniendo de manifiesto la inconmovible estructura de relaciones que organiza la realidad académica. Al respecto, decíamos: «Porque los mecanismos de gestión de la universidad, órganos de la máquina estatal, no son neutros. Las formas de la ley no son el principio de una institución, son el fin, el resultado, lo constituido: lo Stato. Ni recipientes ni instrumentos, los dispositivos estatales son relaciones sociales. Y las relaciones sociales no ‹se llenan› ni ‹se arrebatan›, se transforman».

Durante 2003, y merced a sucesivas crisis, la Nao Comisión de Filosofía era apenas un chinchorro. La tripulación era escasa, pero aventurera. Con una embarcación menoscabada, navegamos asediados por terrores de todo tipo: Metafísica, Filosofía  Política, Filosofía del Derecho, Filosofía del Lenguaje, Filosofía de la Historia. Y naufragamos. El relato de esas aventuras y desventuras, y el de las batallas que libramos con cada uno de esos terrores, fue coreado en verde agua en el cuadernillo «Bitácora de viaje».

Con los diezmados restos de nuestra embarcación hicimos una fogata para templarnos los cuerpos sobrevivientes, y el humo atrajo a algunos docentes y graduados. Aprovechamos las brasas y pusimos toda la carne en el asador: «Quebrar la triple ilusión. Sobre rentas, concursos y excelencia» fue el panfleto con el que convocamos a una reunión durante el segundo cuatrimestre de 2004 (ver las revistas Dialéktica n° 16 y Acontecimiento n° 28). En esa reunión, diversas líneas de teoría práctica y de práctica teórica nos arremolinamos afectiva y efectivamente, y de esos remolinos nació un conjunto de escritos que publicamos a comienzos del año siguiente.

Al comenzar el 2005 distribuimos en los cursos aquél conjunto de escritos bajo el título «Parcial Domiciliario de la Carrera de Filosofía: Sobre la propiedad privada del conocimiento común», donde, una vez más, tomábamos una serie de episodios cotidianos de la normalidad académica para dar cuenta de la estructura que organiza la aparición de esos episodios. Esta vez, poníamos la sintomatología de las cursadas en connivencia con la máquina institucional destinada a la selección y apropiación, tanto de los productos sociales como de los productores «más aptos», para la constitución de una elite orgánica y repugnante. Dicho material fue, nuevamente, oportunidad para convocar a una reunión.

A partir de esa reunión, y de algunas subsiguientes, elaboramos otro cuadernillo, «La carrera de Filosofía y sus tareas de legitimación». En este cuadernillo pusimos de relieve que la operación mediática del affair Cullen/Verbitsky (ver Editorial de este número) en particular, y el prolongado conflicto Cullen/Guariglia en general, integraban el panorama más amplio del enfrentamiento entre clanes políticos al interior de la carrera de Filosofía, donde los nombres propios no eran –ni son– más que la expresión visible, obscena, de las relaciones de fuerza al interior del Departamento de Filosofía en un año de elecciones. Al interior, sí, pero también al exterior, pues, como decíamos en ese mismo cuadernillo, la carrera de Filosofía «combina el aislamiento profiláctico de las historias de la filosofía respecto de cualquier problemática política, con la estigmatización de toda praxis filosófica que no adhiera a una excelencia académica signada por la neutralidad y la indiferencia ante las relaciones sociales de explotación capitalista.»

A partir de entonces, asistimos al incremento colectivo de las potencias dispersas en una carrera que se caracteriza por el aislamiento solipsista y la competencia animal. El espacio se masificó y mutó merced a una heterogeneidad de experiencias que sólo es composible por una dinámica que desplaza la constitución molar a priori de un sujeto tras la actualización práctica de las relaciones que somos capaces de establecer. Dicho con otras palabras, para nosotras y nosotros lo importante no es qué somos o cómo nos llamamos, sino qué hacemos y cómo lo hacemos.

Hasta el momento en que confeccionamos estas líneas, este espacio masivo y mutante derivó en tres cursos de acción: a) la organización de tres jornadas de filosofía, b) la producción de una revista específica de la carrera y c) el laboratorio de una materia alternativa tanto en su modalidad (crítica a la forma cátedra, al régimen de evaluación, acreditación y cursada, etc.) como en sus contenidos (puesto que en la carrera de Filosofía no estudiamos a Marx, ni a Freud, y casi no estudiamos a Hegel ni a Nietzsche, por citar un par de ejemplos groseros).

No podemos prever los devenires de este espacio. Tampoco podemos prever cómo se resolverá el actual conflicto por el salario docente ni qué ocurrirá después. Pero afirmamos que un conflicto no es una anomalía. Porque en un conflicto el espacio político ya está doblemente predefinido: por un lado, conserva las condiciones de existencia previas al conflicto, esto es, un campo fijo de problemas, en el que las intervenciones, las movidas, las esgrimas, ya están predeterminadas. Por otro lado, conserva los roles pre-existentes, los reparte y sólo resta asumirlos. El movimiento, aquí, es como un navío que, absorbido en la urgencia de recorrer los rumbos marcados, va en busca de un puerto. En cambio, la anomalía es un quiebre en el campo de lo pre-existente, es decir, redefine el campo de problemas donde se localiza la lucha política, disolviendo aquellos roles precedentes al conflicto y permitiendo la emergencia de nuevos actores. El movimiento, aquí, es como un navío que, asumiendo la urgencia de «nombrar lo que no existe», avanza sobre lo desconocido.

Por ello afirmamos que la anomalía no es sólo espontaneidad. La anomalía es también espontaneidad, pero la ocasión para la emergencia de la anomalía se construye, se prepara, se organiza, aun cuando esa construcción, esa preparación y esa organización sean propensas a salirse de sus goznes. Porque si consideramos que la anomalía es exclusivamente espontaneidad, corremos el riesgo de confundirla con el conflicto. Éste se genera por una demanda particular que, al prevalecer, le imprime al movimiento su carácter fragmentario, desvinculándolo del proceso histórico. Y dado que las intervenciones situadas y sitiadas por el conflicto se impregnan del mismo carácter fragmentario, el actuar empieza y termina siendo mera reacción provocada por una inconstancia de la pasión o el apasionamiento.

Muy por el contrario, cuando decimos que las condiciones de posibilidad de una anomalía se construyen, se preparan, se organizan, estamos afirmando que la anomalía presupone la constancia en el trabajo militante durante los prolongados períodos de calma. Es decir que no sólo cuando el viento sopla turbulento, o en direcciones adversas, sino –y especialmente– cuando el viento no sopla es que tenemos que, como los antiguos navegantes griegos, practicar el «recurso a segunda navegación».

Jueves 25 de agosto de 2005


* Publicado en Dialéktica, año xiv, número 17, Bs. As., primavera 2005, pp. 123-8.


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