¿Carrera de Filosofía o «filosofía de la carrera»? Sobre filosofía, academicismo, reforma del plan de estudios y alternativas a lo existente

Apuntes críticos a propósito de la inminente reforma del plan de estudios en la Carrera de Filosofía y los diversos modos de participación que nos tocan como estudiantes, graduados y profesores

 Los límites disciplinarios permiten que la contraevidencia pertenezca siempre a la historia de otro. Después de todo, un erudito no puede ser un experto en cualquier campo. Es razonable. Pero tales argumentos son un modo de evitar la incómoda verdad de que si ciertas constelaciones de hechos fuesen capaces de penetrar en lo profundo de las conciencias de los eruditos, perturbarían no sólo las venerables narraciones, sino también las trincheras académicas que las (re)producen. —Susan Buck-Morss, Hegel y Haití.

 Crítica teórica

 Toda respuesta a un problema está condicionada por la manera en que se plantea el problema. En la Carrerade Filosofía dela Universidad de Buenos Aires, donde la deserción prematura de los muchos, la estancia prolongada y tortuosa de los pocos, la formación pedagógica insolvente y la investigación aislada e hiperespecializada son fenómenos cotidianos, hay, al menos, dos formas de plantear los problemas, dos tipos de diagnóstico de las causas, dos maneras de ver las cosas.

 La manera académica o moral

 Una manera de ver las cosas considera que los problemas de la carrera tienen su causa en circunstancias como las siguientes: los estudiantes no sabemos escribir monografías o tardamos más de cinco años en hacerla Carrera; los graduados no saben cómo hacerse de un proyecto de investigación o no realizan infinitos posgrados; los profesores no pueden desempeñar bien su labor merced a esas «fallas» en el funcionamiento de los otros claustros. Es decir, parece que la causa de todos los males está en algunos desajustes en el modo como opera la asignación de roles vigente. Estos desajustes pueden atribuirse ya a la incapacidad de ciertos individuos para cumplir correctamente con el rol que le toca (los estudiantes podemos ser holgazanes, los graduados pueden estar hastiados de su trabajo académico, etc.); ya a desperfectos en la maquinaria institucional misma (los canales de circulación de la información institucional pueden ser deficientes, la orientación vocacional y académica puede ser escasa o nula, etc.). Lo cierto es que, se haga hincapié en deficiencias de los individuos o en deficiencias de la institución, se leen estos problemas como desajustes en el funcionamiento de la estructura de roles vigente.

Consecuentemente, esta manera de ver las cosas entiende que la respuesta a esos problemas, el remedio para ese cuadro diagnóstico, es un conjunto de correctivos tendientes a adecuar individuos y roles asignados: «talleres de monografías» para que aprendamos a escribir académicamente, «tutorías» para no dilatar nuestra permanencia en la carrera con extravíos poco académicos o, para el caso de los graduados y estudiantes avanzados, circuitos de información más aceitados a propósito de becas y proyectos de investigación; y hasta concursos más asiduos y «transparentes» para facilitar el acceso a los cargos. Estas y otras medidas por el estilo buscan perfeccionar el funcionamiento de la maquinaria institucional de modo que cada individuo responda adecuadamente al rol que le toca jugar (sea de estudiante, de graduado o de profesor), que cada individuo actúe, pues, como co-rresponde a su rol. Y es que, según esta manera de ver las cosas, pueden hacerse varios ajustes en el modo como se organiza actualmente la carrera, siempre y cuando esos ajustes mejoren las posibilidades que cada uno tenga de actuar como debe. Ese todo académico que esla Carrera de Filosofía será, en la medida en que se implementen tales reformas, un todo crecientemente armónico, ordenado, cosmético (en su sentido derivado de «cosmos», claro).

Esto es lo que llamamos una perspectiva moral, una perspectiva del deber ser, que en la Carrera de Filosofía se nos presenta como simplemente «académica». Podríamos agregar que esta es una perspectiva eminentemente profesionalista. Para el academicismo, lo justo es que cada individuo actúe como se debe según la función que le haya tocado jugar (estudiante, graduado o profesor). «La justicia ha de consistir en hacer lo que corresponde a cada uno, del modo adecuado», dice Platón en el cuarto libro de la República. Correlativamente, el profesionalismo como cerrado horizonte del trabajo filosófico (y del trabajo social en general) supone que las personas están en las instituciones únicamente para cumplir con su función preasignada en ellas. Y si bien no desdeñamos cualquier «progreso» que un sistema de tutorías o un aceitado circuito de la información puedan traer a la Carrera, así como no negamos que toda forma de sociabilidad supone que los hombres se ajusten en algún punto al rol que la sociedad les asigna; lo que estamos señalando es que la perspectiva moral no cuestiona ni la institución de los roles ni su funcionamiento, no se pregunta de dónde salieron los roles ni quién decidió que se distribuyeran así: para la perspectiva moral, academicista o profesionalista, «todo se da naturalmente», como se dijo en la reunión interclaustro convocada por la Junta Departamental el jueves 10 de mayo de 2007. Está claro que desde este punto de vista no hay pregunta por el fundamento, la validez ni la génesis de los roles establecidos. La moral académico-profesional excluye o silencia, pues, la crítica –en el doble sentido de puesta en crisis y reflexión sobre las condiciones de posibilidad– de la realidad y legitimidad de aquello que se presenta como ineluctablemente natural, como puramente académico, como meramente dado, como si así fuera el ser eterno de las cosas.

«Es lo que hay», dice el academicismo, «así es la cosa», «qué le vamos a hacer», «no nos queda otra»… Se trata de una visión del mundo que cabe en esta frase de Parménides: sólo lo mismo puede ser y pensarse, es decir, sólo el tedio de la monotonía, la tranquilidad de la repetición y la amargura de la identidad existen y, por lo tanto, son lo único pensable, lo único posible y lo único real enla Carrera de Filosofía dela Universidad de Buenos Aires.

Pero si concebimos la filosofía como una tarea radical del intelecto, como un esfuerzo espiritual que aspira a explicitar todo supuesto del pensamiento y la vida, salta a la vista que la perspectiva moral no es una perspectiva filosóficamente válida, porque resulta incapaz de indagar en los fundamentos de lo existente: la perspectiva moral sólo se pregunta cómo conservar el orden, cómo corregir las «imperfecciones» que conspiran contra el ideal del «hacer carrera»: la Carrera de Filosofía es hoy poco más que una «filosofía de la carrera», una cosmovisión de oficinista paranoide para la cual lo único que importa es vivir el vértigo alocado pero repetitivo del paper y el informe, correr tras coloquio tras congreso tras jornada a los cuatro puntos cardinales, trabajar a destajo por el incentivo a la reproducción de lo mismo escrito con diferente título… ¿Y todo para qué? Para rendir tributo a la unívoca racionalidad de la autoconservación, autoconservación tanto de lo existente que se impone con virulencia sobre quienes lo habitan, como del individuo cuya subsistencia académica depende de su capacidad para sobrevivir en la selva del currículum.

Para colmo, las reglas del juego que la academia ofrece a los «carreristas» filosóficos imponen una igualdad estrictamente formal que promete premios para todos… los que lleguen a la meta. Pero en la línea de largada ya salimos desparejos: todos (estudiantes, graduados y profesores, sin importar las determinaciones culturales, sociales, políticas, biográficas, etc.) debemos cumplir igualmente con nuestro rol aunque los roles no sean todos iguales. ¿El estudiante sufre en los finales? Ya se graduará y podrá hacer sufrir a otros estudiantes. ¿El graduado vive a la sombra del Titular de Cátedra? Ya llegará la jubilación, mientras tanto hay que acumular currículum. ¿El profesor ya no sabe cómo estimular a los estudiantes? Las cosas son así, no hay nada que hacer. La responsabilidad moral, academicista o profesionalista se refiere a la adecuación del individuo a su rol. Pero los roles o las funciones no son individuales, sino sociales, aunque una sola persona los cumpla, como en el caso de un Director de Carrera. Y es que la diversidad de roles o funciones en una carrera depende de la organización que se da el conjunto de quienes hacen esa carrera (y del resto de la sociedad, por supuesto). Y, sobre todo, la asignación de roles vigente no es, aunque así aparezca, meramente natural, sino producida y condicionada histórica y socialmente.

La perversidad y el cinismo de la maquinaria académica nos atraviesa a todas y a todos. La trampa funciona mientras se percibe que «todo se da naturalmente»: muchos estudiantes, graduados y profesores imaginan que realizan las diversas actividades sólo en provecho propio, como si respondieran únicamente a sus intereses personales, y no se dan cuenta de que así cumplen un papel que la sociedad precisa para funcionar, que sus tareas tienen un sentido social. Así el individuo que representa el papel de profesor universitario, por ejemplo, ese personaje que la sociedad le asignó, puede decir: «Yo soy un profesor universitario» y se identifica con lo que la sociedad dice que él es, pero piensa al mismo tiempo que las clases que dicta, las investigaciones que lleva adelante y la producción que publica en revistas especializadas forman parte de su carrera meramente individual y que simplemente responden a un interés académico. Así el profesor no sólo desempeña la tarea correspondiente o encarna ese personaje social, sino que además se cree profesor, se vive como tal, interioriza la «función profesor» como si fuera profesor de manera aislada con respecto a la sociedad en que vive. Y lo mismo ocurre para el caso del rol de estudiante o de graduado. Esta interiorización unilateralmente individual del rol social asignado es correlativa al ocultamiento de la historicidad de ese rol, que sólo puede llegar a revelarse como alterable o histórico en la medida en que se lo comprenda como un momento de la producción social.

No obstante, esta estructura de funciones o roles beneficia casi siempre a unos pocos y perjudica casi siempre a unos muchos, y es esta situación la que está naturalizada: para la perspectiva académica o moral la igualdad no está en el punto de partida ni en el punto de llegada. La academia asume como un hecho la desigualdad jerárquica entre los claustros desde el comienzo de la carrera y ofrece para paliar ese inconveniente el derecho a una igualdad ante la ley: todos debemos cumplir igualmente con nuestra función, aunque las funciones no sean todas iguales; quien se porta bien recibe un premio, quien se porta mal recibe un castigo, eso es igual para todos los roles. Es imposible, dice la moral académica, una igualdad real; lo único posible es una igualdad formal.

Al principio nos referimos a la moral como una perspectiva teórica, como un modo de interpretar la realidad. Sin embargo, lo dicho hasta aquí debería dejar en claro que se trata, también, de una perspectiva práctica, de un modo –socialmente imperante- de habitar la vida institucional.

También dijimos al comienzo que hay, al menos, dos maneras de ver las cosas. Se vislumbra, pues, que hay dos maneras de habitarlas.

 La manera ética o política

 La otra manera de ver las cosas ya no se fija en la adecuación de los individuos a los roles establecidos, sino que parte de dos principios de acción: la igualdad entre seres humanos y la transitoriedad de lo instituido. Esta segunda perspectiva, que llamamos política o ética, se pregunta por los fundamentos (en el sentido de la génesis histórica) de la estructura de roles misma: ¿por qué existen estos roles y no más bien otros? ¿Qué fines persigue esta estructura de roles? ¿A quiénes beneficia y a quiénes perjudica? ¿Qué producen estos roles, qué resultados ofrecen?

Para esta segunda perspectiva no hay roles dados sino roles establecidos; los roles no son así, están o han llegado a ser así; no son naturales, son sociales y, por lo tanto, son transformables. La perspectiva ética consiste en denunciar los privilegios instituidos en cualquier orden institucional y en luchar contra ellos, en tanto éstos implican que, al menos para la mayoría, la vida en sociedad aparezca como una realidad violentamente superimpuesta (por ende, inalterable, natural, dada). La perspectiva moral o academicista no es a-política (¿o creeremos que Platón carecía de intenciones políticas al escribir la República o al fundarla Academia?), sino que oculta su carácter político para mostrarse como única racionalidad válida, neutral, aséptica, estrictamente académica.

¿Será posible sustraernos al rol asignado, salirnos de la función instituida, desujetarnos de la estructura académica? En la reunión interclaustro del jueves 10 de mayo de 2007 pareció presentarse abrumadoramente un NO como respuesta a esa pregunta. La lucha por la igualdad pareció teóricamente imposible. Y decimos bien: teórica y no prácticamente. No se vio la manera en que la igualdad pudiera llegar a realizarse. Por supuesto, no pretendemos escribir aquí la solución a este problema. Ignoramos «qué hacer», pero entendemos que el intento por realizar la igualdad en la práctica es el único compromiso ético posible.

La perspectiva político-crítica, según todo esto, no busca salirse inmediatamente de lo existente, sino habitar sus contradicciones. Puede hacerlo en sus márgenes o en su centro, así como en espacios masivos o reducidos. La crítica no es una receta, no deriva, por ende, en fórmulas para la acción ni en operaciones pragmáticas. Su contenido se manifiesta en cada espacio en que lo establecido se encuentra con sus límites intrínsecos, en la contradicción entre lo establecido y su transformación posible.

Crítica práctica

 Ahora bien, la potencia de la crítica está en su capacidad para actualizar alternativas a lo criticado. Dicho de otro modo, sólo desde el interior de una práctica que ponga de manifiesto las contradicciones intrínsecas de lo existente la crítica resulta contundente. Una crítica práctica es una práctica crítica, esto es, una práctica que pone en crisis aquello mismo que critica. Por eso afirmamos la potencia de aquellas instancias que ya existen como ejemplos de prácticas que intentan actualizar otros modos de pensar y producir el conocimiento, capaces de negar al modo académico. Los siguientes son espacios en los que participamos. No todas y todos participamos en todos estos espacios, y cada uno de ellos se gobierna a sí mismo autónomamente. No los presentamos como modelos a copiar, sino como ejemplos parciales de aquello que para la academia no puede tener lugar, esto es, «utopías» en sentido etimológico:

1. Los grupos de estudio autoorganizados, públicos, abiertos, transdisciplinarios, gratuitos y de convocatoria permanente, se basan en el supuesto de que se puede abordar una obra, un problema, un período o un autor sin necesidad de que haya alguien que lo sepa todo y se lo explique al resto, sin necesidad de que la formación sea homogénea y sin necesidad de hacer valer jerárquicamente la experiencia acumulada o el currículum obtenido. Anti-Edipo, El Capital, Kant-Hegel, Lógica del sentido, Genealogía marxista, son ejemplos de este tipo de grupos.

 2. La serie de cuadernillos, volantes y boletines: Boletín de la comisión de filosofía, de 2001; Filosofía práctica, de 2002; Deconstrucción de la máquina examen, de 2002; Alteraciones/01, de 2002; Bitácora de viaje, de 2003; Quebrar la Triple Ilusión: Sobre rentas, concursos y excelencia (Apuntes sobre las condiciones políticas de la producción y reproducción académicas), de 2004; Parcial domiciliario de la carrera de Filosofía: sobre la apropiación privada del conocimiento común, de 2005; La carrera de filosofía y sus tareas de legitimación, de 2005; Un largo siglo XIX: Proyecto de materia curricular para la Carrera de Filosofía, de 2006; Trazando líneas de fuga (Socialización del proceso de construcción de una materia de Filosofía del siglo XIX), de 2006. Desde hace años estos materiales intentan mostrar que estudiantes y graduados de Filosofía producimos pensamiento crítico en torno a la estructura de cátedra, a la división por claustro, a la formas de evaluación y acreditación, a las dinámicas de cursada, a los fundamentos políticos sobre los que descansa el plan de estudios, a la falsa escisión entre lo académico y lo político, al problema de los concursos y las rentas, al discurso de la «excelencia académica»…

 3. El cuaderno de intervención El conflicto de las facultades, de 2007, escrito por estudiantes y graduados de Filosofía y de Sociología, que actualiza la convicción de que la realidad social es el primer problema filosófico y que la universidad puede ser tomada como problema social. Este cuaderno realiza, además, un objetivo poco perseguido: pensar las situaciones de «conflicto universitario» en relación directa con la normalidad académica.

 4. La revista de filosofía, estética y política Amartillazos, cuyo primer número acaba de publicarse, producida colectivamente por estudiantes de Filosofía como intento por hacer una revista que se mueva hacia la reunión de aquello que la academia nos presenta como separado: la política, la experiencia histórica concreta y la filosofía.

 5. La experiencia de pre-materia de Epistemología parala Carrerade Antropología, convertida en seminario curricular para las carreras de Filosofía, Historia, Geografía y Antropología, dictado durante el segundo cuatrimestre de 2006, que actualiza no sólo la potencia colectiva del trabajo de estudiantes, graduados y profesores de diversas disciplinas, sino que también denuncia el carácter reaccionario de la academia cuando el trabajo colectivo pone en cuestión la estructura de cátedra, la división por claustro, el aislamiento de las disciplinas y la apropiación privada de los saberes sociales.

 6. La revista de filosofía y teoría social Dialéktica, que desde hace más de quince años se sostiene como espacio político autónomo y abierto de investigación práctica y de producción teórica.

 7. La experiencia del colectivo pre-materia Un largo siglo XIX, que pone en crisis: la idea de que sólo pueden hacer una materia quienes ostentan título de profesor, que el saber es propiedad de quien coloca la firma, que hay que ser especialista en un tema para hacer un seminario sobre ese tema… De esta experiencia surgió la presentación del seminario curricular «Filosofía, historia y comunidad», que tendrá curso durante el segundo cuatrimestre de 2007 y que demuestra que estudiantes de Filosofía podemos hacer una materia o un seminario y presentarlo para ser incluido en la currícula dela Carrera.

 8. El libro UBA Factory (Reestructuración capitalista y lucha de clases en la Universidad de Buenos Aires), que condensa quince años de teoría crítica acerca del modo universitario de producción, circulación y consumo de conocimiento.

 Repetimos, todas estas prácticas son ejemplos, no modelos, de lo que podría ser la Carrer ade Filosofía si nos permitiéramos pensar y actuar más allá de los límites de lo que la perspectiva moral o academicista considera posible. Parafraseando el epígrafe de Susan Buck-Morss podríamos decir: los límites disciplinarios de la Carrera de Filosofía permiten que la contraevidencia práctica pertenezca siempre a la historia de otro. O: los límites del pensamiento académico tienden a la invisibilidad de las prácticas alternativas. Vamos, los límites de la «filosofía de la carrera» permiten el afianzamiento de una maquinaria cotidiana cuyo funcionamiento eficiente depende de nosotras y nosotros, sin importar el rol que nos haya tocado interpretar. Será cuestión de penetrar colectivamente esos límites y actualizar la crítica práctica no sólo a las venerables narraciones, sino también a las trincheras académicas que las (re)producen.

Colectivo de estudiantes de filosofía

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Buenos Aires

Mayo de 2007

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