¿Tomar u Ocupar? (otra mirada sobre el conflicto del edificio único)

1. “Edificio único ya”, es una consigna que, quienes tenemos el placer de estar transitando la Facultadde Sociales hace un tiempo largo, venimos gritando y escuchando casi todos los años. A continuación presentamos una pequeña cronología del conflicto. La misma está basada en el trabajo realizado por estudiantes independientes y de diversas agrupaciones, publicado en el boletín de la Comisióndel Edificio Único.

Podemos situar el comienzo de la historia en 1988 cuando se funda la Facultad de Ciencias Sociales, donde se ubican la carrera de Sociología, Trabajo Social, Relaciones del Trabajo, Ciencias de la Comunicación y Ciencia Política. En sus inicios estaba dividida en tres sedes. En 1997 crece la matrícula por lo que se consigue en comodato el edificio de una ex fábrica textil en Ramos Mejía 847, Parque Centenario. Lo cede el Gobierno Porteño y albergará las carreras de Ciencias de la Comunicación y de Ciencia Política.
En 2002, el subsecretario de Gestión, Gustavo Bulla, declara: “Mil alumnos de la sede de Marcelo T. están cursando en aulas prestadas por la Escuela Carlos Pellegrini, la Facultad de Medicina y la de Odontología”. Dadas las pésimas condiciones de cursada, en octubre de ese año comienza la toma del Rectorado que durará 43 días. El reclamo de mayor peso era el de un edificio único para resolver el creciente hacinamiento en las distintas sedes. El conflicto se resuelve con la promesa de una construcción para 2004 que alojaría 27.000 estudiantes. El lugar: la ex fábrica Terrabusi en el barrio de Constitución.
Como la matrícula sigue en aumento, en 2003 se alquila una tercera sede ubicada en Tucumán 3177, con la promesa de un edificio único en un corto plazo. Ante los anuncios, el decano de Sociales, Federico Schuster, festeja: “Se está en un camino realmente cierto hacia una solución”. Finalmente, por decisión del Consejo Superior presidido por el rector Guillermo Jaim Etcheverry, con dictamen de la Comisión de Presupuesto, se compra el lote de la ex fábrica Terrabusi.
Pero como ya sabemos, los tiempos de la burocracia son lentos. Un año para tomar la decisión de la compra del edificio, otro año para anunciar el otorgamiento del dinero para empezar la construcción del edificio único, otro año para efectivizar las obras. Así es como llegamos a 2005, y luego de una licitación se prevé, para ese mismo año, el término de la primera etapa. En Sociología se abre una comisión de autoconvocados en reclamo por el edificio: “Somos un grupo de estudiantes de Ciencias Sociales que quiere denunciar la situación en que se estudia en nuestra Facultad. Y que se propone dar la pelea por la consecución del nuevo edificio único. Como el problema es más complejo, también queremos luchar por un aumento del presupuesto de la UBA y por la derogación de la Ley de Educación Superior”.
En 2006 se inaugura la sede de Constitución con la posterior mudanza de Trabajo Social. Surge la comisión por el edificio único en esa carrera. Declara Schuster: “Estamos trabajando para garantizar las mejores condiciones y que el traslado se pueda vivir como lo que es, un paso muy importante para la Facultad”. Según una nota de Página/12: “La idea de las autoridades es que en marzo de 2008 se pueda mudar la sede de Parque Centenario (Políticas y Comunicación) y, para 2009, las demás carreras (Sociología y Relaciones del Trabajo) junto a oficinas asentadas en Marcelo T. de Alvear al 2200”.
El año 2007 arranca con el cierre de la sede de Tucumán y el traslado a Bulnes 295. Una vez más, en Marcelo T., empieza a funcionar una Comisión por el edificio único. Finalmente, llegamos al 2008. A mitad de año, se toma la Facultad con el objetivo de lograr visibilidad del conflicto y con dos asambleas de 400 estudiantes cada una; logrando masificar la protesta y ejerciendo mayor presión sobre las autoridades de la Facultad.
Ahora bien, las autoridades de la Facultad de Ciencias Sociales difundieron también un documento en que realizaban una cronología sobre el mismo conflicto. Lo que nos llama la atención es que, si fuésemos una persona[1] distraída casi no encontraríamos diferencias con los discursos del “movimiento estudiantil”.
Hagamos jugar la imaginación: estamos caminando por los estrechos pasillos de Marcelo T. y encontramos tirados fragmentos de volantes que dicen lo siguiente:

“(…) declara la “crisis presupuestaria y edilicia” de la Facultad de Ciencias Sociales y se indica que “en las actuales condiciones no se puede seguir cursando”

“Se realizó la primera reunión entre (…). El temario de este primer encuentro fue Edificio y Presupuesto y tenía dos objetivos. El primero, democratizar los espacios de gobierno y el segundo, poner a consideración de toda la comunidad de Ciencias Sociales la información que poseíamos sobre la mencionada temática, para que todos compartiéramos los datos y, de este modo, generalizar aún más un reclamo histórico de nuestra Facultad.”
“(…) vuelve a convocar a otra marcha al Rectorado que se realizó el 15 de octubre.”

“A partir de las demandas y gestiones llevadas adelante por (…), la Cámara de Diputados de la Nación se interesa por nuestra problemática edilicia y presenta un pedido de informes sobre la situación edilicia de la Facultad de Ciencias Sociales.”

Si tenemos que adivinar a quién pertenecen dichos fragmentos, podemos completar los puntos suspensivos con dos opciones: “El Movimiento estudiantil” o “Las Autoridades de la Facultad de Ciencias Sociales”. Lo paradójico de esta situación es que el discurso del “movimiento estudiantil” ubica a las autoridades de la Facultad como las responsables por la situación edilicia, es decir en el lugar del oponente en el ring del boxeo discursivo. A la vez que la gestión-Schuster (como casi la totalidad de estudiantes y docentes) levanta los mismos reclamos: edificio único, mejoras en las sedes, triplicación del presupuesto, el no pago al Club de París. De hecho, en la cronología que arman las estudiantes es posible observar que se toman allí los dichos de las autoridades para describir la precariedad en la que cursamos. Es decir, ambos discursos coinciden en el hecho de que son exclusivamente una reivindicación económica. En este marco, ¿se puede pensar que el reclamo por el edificio único subvierte el orden establecido? No. Creemos que el no dar un paso más allá de lo estrictamente edilicio y económico es lo que impregna de tinte conservador a todos estos discursos. Conservador, porque conserva las relaciones de poder que se tejen en la universidad, conserva el modo jerárquico de toma de decisiones, y sobre todo deja intactas las relaciones de producción de conocimiento en nuestra universidad. Por todo esto, entendemos que todo discurso que se construya a partir de las consignas “Edificio único ya” o “Triplicación del presupuesto” conserva la normalidad en la cual estamos inmersas todos los días, una normalidad que tiene como lógica hacernos sentir y pensar como meras consumidoras de saber.

2. Partiendo de este carácter conservador del conflicto, podemos entonces ver en qué medida las pretendidas anormalidades que puso en marcha el reclamo edilicio-económico no son realmente tales. La toma de las tres sedes de Ciencias Sociales (y extenderíamos la caracterizació n a otras facultades de la UBA) se presentó en forma de bloqueo (cuyo ejemplo paradigmático son las sillas en las escaleras para no permitir el acceso a los pisos superiores).
Ahora bien, ¿qué significa cerrar o bloquear la facultad? Significa, ni más ni menos, la asunción de que la enemiga está afuera, sea en el Palacio Pizzurno, en la Casa Rosada, en Gualeguaychú, en (el club de) París o en el mismo Decanato (que, al ser identificado como simple reproductor de políticas económicas nacionales e internacionales, sería también un “afuera”). Esta modalidad de la toma, en lugar de generar una apropiación de espacios y de tiempos por parte de las estudiantes para producir de otro modo, sólo genera, de un lado, la atomización de las compañeras que no asisten a la facultad; del otro, la convicción de que con un nuevo edificio y con una inyección de dinero, la máquina universitaria seguirá su ritmo tal como la conocemos.
Destacamos, unos párrafos arriba, el carácter conservador del conflicto; decíamos que era conservador, esencialmente, por dejar intacto el orden en el que nos movemos en nuestra universidad, en nuestra “normalidad” académica. Nosotras entendemos que la línea de “normalidad” atravesó dos cuestiones concretas:

a) Clases públicas. El bloqueo del acceso a las sedes propició la realización de las ya viejas conocidas clases públicas; es decir, profesoras que realizan dinámicas no muy diferentes de las realizadas puertas adentro, pero esta vez en la calle. Disfrazada de “anormalidad”, esta modalidad impulsada por la toma sólo logra –no nos cansaremos de repetirlo– reproducir el orden existente en la clase, donde las diferencias en los conocimientos adquiridos legitiman las desigualdades políticas entre profesoras y alumnas dentro y fuera del aula. Lo anormal no consiste en hacer clases ubicándonos en círculo, o en posibilitar el acercamiento de estudiantes que no cursan la materia dictada; tampoco se trata de cuán revolucionaria es o cuán comprometida con la lucha está la docente a cargo (una cátedra cuyo titular fuera Bourdieu, o Foucault, o Marx, o Adorno, seguiría siendo precisamente eso: una cátedra). Nuestra crítica apunta a la noción misma de “clase”. Y juguemos aquí con la ambivalencia de la palabra: si ya todas sabemos de memoria la relación que hay entre la sociedad de clases y la división del trabajo para Marx, ¿cómo es que no criticamos las “clases”, sean públicas o no (¿privadas?), en tanto existen como expresión de la división del trabajo dentro del aula, esta vez a partir de las diferencias de saberes?

b) El Edificio Único. Como ya hemos dicho, es sorprendente la homogeneidad de los reclamos por parte de los dos bandos que parecen contrapuestos. Sin embargo, ninguno se pregunta: ¿para qué un edificio único? En medio de esta asumida normalidad, es necesario preguntarnos, entre otras cosas, qué edificio queremos: ¿universidad de tránsito y de consumo, tal como la que tenemos ahora, o universidad de encuentro y de producción/apropiación colectivas? Está claro que los largos pasillos y los escasísimos espacios abiertos para encontrarnos no favorecen una “universidad de encuentro”. Sin embargo, cualquier esperanza depositada en un futuro edificio que supuestamente generará nuevos modos de encuentro debe ir acompañada de la certeza de que, aun si hiciéramos de un parque una facultad, nada cambiaría mientras no cambiáramos el modo en que producimos y nos apropiamos del conocimiento. La anormalidad, entonces, tendría menos que ver con exigir nuevos espacios que con producir nuevos modos de llenar los actuales y los futuros.

3. Podemos, al echar una mirada sobre las actividades que realizamos durante la toma, pensar que algunas de ellas permitieron construir espacios de encuentro que irrumpían en la normalidad de la toma. Espacios en los que pudimos ser personas que actúan, discuten, producen colectivamente, y no meros seres pasivos de una clase pública o de una clásica disputa retórica asamblearia. Ejemplos de alguna de estas actividades son:

a) Una de las verdaderas anormalidades que se produjeron en este reciente conflicto fue la participación masiva de estudiantes en las asambleas que decidirían la toma de las sedes. Es decir que, a pesar de la ya criticada toma y de sus consecuencias, el hecho de que cientos de estudiantes se hayan acercado a decidir cómo actuar ante el conflicto es claramente una ruptura con la movilización política a la que veníamos acostumbradas. La asamblea del 5 de septiembre, por ejemplo, en la que 700 estudiantes cortaron Av. Corrientes y Ángel Gallardo, dejó a la luz una crítica implícita a las formas de decisión que desde hace años se han instalado como “normales”. Si por “autonomía” entendemos ser soberanas sobre nuestros propios modos de funcionamiento, no tenemos duda de que esa asamblea fue un claro esbozo de autonomía. Esto no implica, por supuesto, que dejemos de criticar las prácticas que, incluso en la misma asamblea citada, terminan por cooptar esas anormalidades (nos referimos, por ejemplo, a la hegemonizació n del megáfono, a los partidos formando un escenario ad hoc, en profesores como Castillo tomando la palabra sin someterse a una moción ni a lista de oradores, etcétera).

b) Otras experiencias de esta anormalidad fueron el taller “sociología de la toma” y lo ocurrido en la materia de Sociología Política (Quevedo). Ambas actividades nacieron a partir de la necesidad de poder hacer algo en el marco de la toma y en medio del paro docente. En el primer caso, al no existir la posibilidad de realizar clases públicas y al encontrarnos deseosas de hacer algo, no tuvimos más que utilizar nuestros saberes (la reflexión sociológica; lecturas previas; discusiones en el aula, en pasillos, en encuentros; experiencias de militancia anteriores; etc.) para poder construir nuestro propio espacio para pensarnos en y desde la acción de tomar la facultad que veníamos realizando. Mientras que en la cursada de Sociología Política, ante la ausencia de las docentes, entre nuestros enojos y demás malhumores, pudimos empezar a pensar por qué: no continuamos con la exposición que habían preparado un grupo de compañeras; muchas se iban y otras nos quedábamos; esta forma de abordar los textos y no otras; se organizaba de determinada manera y no de otra la cursada, el aula, la evaluación, etc. De este encuentro surgió un escrito para ser presentado en la asamblea que se iba a realizar ese día. Un texto producido colectivamente que cuestionaba cierta forma de organizar la universidad, el conocimiento y nuestras formas de pensarnos en la toma. (Una crónica y el texto producido pueden leerse en http://www.sociologiaenlared.com.ar/wordpress /?p=116)

c) Por último, creemos que la ocupación del estacionamiento es otra de las formas que tomó la anormalidad. Consideramos que el acto mismo de ocupar un lugar que pertenece a la Universidad es una manera de apropiarnos de ella, de empezar a crear esos espacios de encuentro que siempre denunciamos como inexistentes. Una acción que va más allá del reclamo y la denuncia; fue un “hacerse cargo” del problema y darle una “solución” de forma colectiva. Ocupar un espacio regido por la lógica del mercado para hacer regir día a día, con nuestra presencia, una lógica de uso público y gratuito.

¿Qué es lo que encontramos de interesante en estas prácticas? El hecho de que parecen compartir un modo de hacer distinto al imperante, y que queremos propugnar. Esto es, nos proponemos desarrollar actividades donde se produzca de un modo horizontal y autónomo. Horizontales, en tanto que en ellas nadie tiene prerrogativas especiales en cuanto a la decisión sobre el devenir de cada grupo. Y autónomas, ya que no existe una instancia exterior a cada actividad que pueda imponerles un programa o una decisión externa.

4. El crear, inventar, trazar e hilvanar un espacio político de autoorganización por oposición a las prácticas tradicionales como forma de enfrentar las relaciones sociales institucionales (“dentro y fuera” de la facultad), es motor y potencia de prácticas que pensamos como anormales. En las prácticas políticas anormales se debate, se crea y se actúa colectivamente a partir de lo cotidiano, se recuperan diversas experiencias en un espacio de interrogación constante. Pensar espacios basados (potencialmente) en la deliberación colectiva y la horizontalidad a la hora de decir/hacer. Crear espacios que generen relaciones horizontales, autónomas y autoorganizadas. Si buscamos la universidad como instituida – conjunto de prácticas y discursos establecidos a priori de la experiencia– no encontraremos mucho. El punto es “buscarla” como experiencia para poder construir espacios donde se inventen nuevos modos de producción.
Consideramos que la potencia no está en el saber sino en el pensamiento, y el saber sólo será condición de pensamiento si me permite pensar y crear con otras personas. Pensar en los bordes de lo sabido, trabajar en las situaciones que emergen, para producir intervención que habite en la afirmación.

Por todo esto creemos que estas experiencias que transitamos en estos días de toma fueron en realidad una ocupación de la facultad. Decimos esto porque entendemos que la toma implica parar la reproducción del saber y la producción de pensamiento (en los escasísimos casos en que se da), mientras que la ocupación busca producir con las máquinas del pensamiento colectivo. No alcanza sólo con tomar de vez en cuando nuestra facultad, sino que es necesario ocuparla día a día. Por eso nos parece importante ver de qué manera crear espacios donde el pensamiento sea el motor de la ocupación permanente de la facultad, para poder ir construyendo aquí y ahora la universidad que queremos.

Quienes escribimos estas líneas ya estamos intentando construir estos nuevos modos de producción que pregonamos, es decir: horizontales, autogestivos, autónomos, públicos, abiertos y gratuitos, como una forma concreta de producción alternativa a la forma que estamos acostumbradas en la facultad, basada en la jerarquización de saberes, donde no decidimos el contenido ni la forma de evaluación. Algunos de los espacios en los que participamos son: la revista Eskalera Caracol, la revista Amartillazos, el Taller de Sociología Urbana, el grupo de lectura del Anti-Edipo, el Taller de Lectura de la Obra de Deleuze, el grupo de lectura Kant-Hegel y el Taller de Metodología, entre otros. Es por eso que deseamos no sólo difundir y fortalecer estas experiencias, sino producir muchas nuevas.

Con este objetivo, invitamos a quienes estén interesados a una reunión abierta que se realizará el martes 25 de noviembre a las 20 hs. en el estacionamiento recuperado de MT. Allí intentaremos no sólo discutir estas líneas que estamos escribiendo, sino sobre todo lanzarnos a la búsqueda de nuevos modos de producción de conocimiento como la forma privilegiada de destruir esta “normalidad” académica. Ejemplos nos sobran: grupos de estudio y de lectura autoorganizados, grupos de investigación, revistas colectivas, materias que atenten contra la forma-cátedra, seminarios colectivos, y todo aquello que queramos y podamos desarrollar.



[1]    Como no sabíamos que género gramatical utilizar en relación a la problemática de género, es decir si escribimos en femenino o masculino, decidimos utilizar el género gramatical femenino para hacer referencia a las personas como una forma de sortear dicho problema.

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